De pequeño siempre pensé que moriría a los 39. Al cumplirlos, no celebré pensando que sería el último año. Pero evitar nombrar las cosas es traicionero. Al siguiente año, cuando debía superar la muerte imaginada, me percaté que era en ese momento que alcanzaba la edad letal. O sea, viví la ansiedad de los 39 dos veces.

Dos años más tarde, su cuerpo se desplomaría al borde del terraplén, víctima de una línea de distribución eléctrica de la AEE. Fue al atardecer, mientras trabajaba en su finca con piezas largas de metal como las que usó para construir sus imponentes hidropónicos. Como agricultor, recibía cada mañana el amanecer mientras, en las tardes, despedía al sol. Sería al día siguiente, un 19 de noviembre, cuando nos percataríamos de la tragedia. El menor de cuatro hermanos y a quien le llevo casi uno, Ariel murió 10 años atrás.

Aún tengo fija en la mente la imagen de aquel encuentro final.

Viniendo de una familia con varias carpetas de la Policía en las costillas y de haber sido intervenidos por agentes federales en cada viaje nacional e internacional, cuando el tema de Vieques y nuestra participación habría tomado otro giro en la comisión de Ciencia y Tecnología del Congreso estadounidense y en el CDC de Atlanta, en ese momento me tocó agarrarme a mi formación científica. Me senté cerca de su cuerpo a pensar sin mucho espacio para el sentir. En las ciencias existe una especie de código para el exterminio de la subjetividad. “Fue un accidente” razoné coincidiendo con la explicación de la Policía y el fiscal que habrían llegado antes que yo al lugar. Esa conclusión la mantengo, aunque uno de mis hermanos -con sus razones- se aferra a una teoría alterna.

Tras su partida, he visto a su hijo crecer. Quilapayún, como le llamamos acá entre los Massol, ya está más alto que todos y tiene una capacidad intelectual privilegiada de un niño adulto. A mi papá aún se le ve entre lágrimas mientras mi mamá repite en ocasiones que quiere irse con él. Su amor siempre reconciliador e intenso de familia con un compromiso comunitario inquebrantable hacían de Ariel un ser especial. Es difícil mirar hoy a Casa Pueblo en Adjuntas y no verlo presente en todas partes. A veces hasta puedo escuchar su consejo con opiniones contrarias en muchos temas. Tenía buen ojo y un gran corazón.

Dejé de pensar y me tocó sentir.

Al principio fue duro pero, dos años después, la tristeza que asomaba su rostro incesantemente desapareció. Me preguntaba en la soledad por Ariel. Esa pregunta iba y volvía con gran intensidad. Unos días más tarde haría una parada en Ponce para reunirme con amistades y dialogar sobre temas de la lucha en contra del Gasoducto del Norte. De manera inesperada, mis preguntas internas fueron espiritualmente contestadas un día más tarde. Era de alguien que me vio allí a la distancia y, a través de Chabeli, la hija de Vivien Mattei, me hizo llegar la siguiente nota. …«y el joven profesor que te acompañaba anoche traía una tribu con él. De hecho, me presentan un arco y una flecha ya lanzada frente a él. Eso significa lucha emprendida y labor en proceso. Dile que un ser muy allegado a él me pide que le diga: No estás solo, mi partida solo se dio para, desde donde me encuentro, guiarte hacia las fuerzas mayores que necesitas para continuar tu labor. Así como yo hay muchos unidos en esa sola fuerza con el valor y el apoyo de nuestra madre naturaleza. No pienses jamás que luchas en vano, aquí estamos y estaremos hasta el final del camino, adelante”.

Del “I think” de Darwin al “I believe” de Lennon elegí desde entonces creer en su presencia permanente. Todos cargamos con nuestros muertos, es inevitable. Lo importante es alcanzar la paz y la tranquilidad para sentirlos presentes.

Ariel está con nosotros y así celebramos su vida a 10 años de su abrazo a la tierra.

Arturo Massol Deyá | 18 de noviembre de 2019 | Mayagüez