Encíclica ambiental

por Arturo Massol Deyá para El Nuevo Día, 30 de junio de 2015

Para aquellos que defendemos las aguas, los bosques y su gente, el pronunciamiento papal sobre el ambiente representa una valiente aceptación del grave problema y la necesidad de una ruta revolucionaria de cambio.

Las denuncias sobre las consecuencias de la destrucción de la naturaleza en un sistema económico devorador e insostenible han sido el pan nuestro de cada día pues nuestro deber siempre ha sido proteger los espacios de vida y de diversidad. Por lo menos en Casa Pueblo, así como en muchos grupos organizados, iniciativas individuales, creyentes y no creyentes hemos vivido ese compromiso promoviendo rutas alternas hacia la sustentabilidad.

La comunidad científica ha documentado los efectos de los estragos ambientales y ha compartido hasta la saciedad avisos muy serios sobre el estado del planeta. Ya no son meras advertencias. El cambio climático y sus consecuencias están aquí, ahora. Si no nos adaptamos, sufriremos a un costo cada vez mayor. En la discusión pública, muchas personas minimizan lo que significa proteger nuestras costas, los acuíferos y la zona del Karso, restaurar a Vieques o mantener una cuenca hidrográfica saludable con buena cobertura boscosa.

Cuando se protege al más vulnerable, como al falcón de sierra, la cotorra puertorriqueña, el guabairo o al coquí llanero, por mencionar algunos, estamos hablando de salvar a los demás y los servicios ecológicos que ofrecen estos espacios a la sociedad. Si tornamos el ambiente en inhóspito para estas especies y desaparecen, eso es un indicador contundente de cuánto daño nos estamos autoinfligiendo. Planificar y coexistir sin amenazas a terceros es el verdadero indicador de balance y sustentabilidad.

Ante el desafío global, hay que asumir responsabilidades a nivel nacional. Muchos grupos vienen atendiendo esta realidad con propuestas de desarrollo justo y sustentable.

Cuando Casa Pueblo nació 35 años atrás, fue para enfrentar a la economía de la minería destructiva en el corazón mismo de nuestra Isla. Para tratar de marginar y condenar a los sectores comunitarios que enfrentan proyectos suicidas para el ambiente, el Gobierno ha empleado tácticas de carpeteo, persecución, amenazas y el uso de etiquetas como “comunistas”, “macheteros” o “ecoterroristas” que, aunque no son ilegales ni inmorales, tenían fuertes connotaciones políticas y provocan pánico en algunos.

Fue mucha la gente que se hizo eco. Igualmente abusiva fue la experiencia hace unos años, cuando defendimos los bosques de la cordillera de un gasoducto. Precisamente, hoy son esos bosques los que salvan gran parte del área metropolitana produciendo agua ante un cuadro de racionamiento que se agrava.

¿Cómo es posible que un político o jefe de gabinete visite su iglesia o congregación para dar gracias a la creación y al otro día autorice proyectos que colocan en sentencia de muerte 32 especies en peligro de extinción? Ni una sola es aceptable y mucho menos por decisión humana. Así, defendimos la región y sus habitantes, favoreciendo una transición a fuentes de energía limpias y renovables en lugar de la mera sustitución de gas por petróleo. Es decir, de un combustible fósil que contamina por otro que también genera gases de invernadero. En esa ecuación no avanzábamos ni como consumidores ni como sociedad. El supuesto ahorro es ilusorio y quien se favorece es el cartel del gas, que aparenta ser el mismo del petróleo.

La ciencia y tecnología también abren caminos a nuevas posibilidades. Hace dos años que en Casa Pueblo, junto a la UPR Mayagüez, venimos desarrollando la propuesta del posterriqueño para garantizar eficiencia energética en el alumbrado público y reducir nuestra huella ecológica.

Leer la encíclica del papa Francisco después de tantos años de carpeteo político por defender el ambiente de cierta forma nos reivindica. Sin embargo, nunca la necesitamos para saber lo que nos tocaba hacer por el País y por el planeta.

Ojalá el padre Ángel Darío estuviera aquí para vivirlo, pero el papa Francisco lo ha expresado diáfanamente para el catolicismo y la Humanidad. El llamado desde el Vaticano tiene gran valor y mucho significado. Un papa latinoamericano dejando huellas hacia la sustentabilidad. Enhorabuena.